Otro día asfixiante en la ciudad... el rebaño humano empujado a un mismo túnel.
Otro día asfixiante en la ciudad, la certeza de que por fin terminaba era casi un consuelo. Por
ese entonces las jornadas laborales se estiraban hasta tarde, lo cual me ahorraba la tortura del
metro en hora pico: el rebaño humano empujado a un mismo túnel. Caminaba embobada en
pensamientos sueltos. Se acercaba mi cumpleaños y me resultaba curioso pensar que, por primera
vez, sería en verano. En este lado del mundo tendría un festejo sin capas de abrigo.
El
metro llegó con su ráfaga de viento artificial. No tomé asiento pese a que iba medio vacío. Ya
había pasado demasiadas horas encorvada sobre una pantalla, sobre el teclado, sobre un idioma
que no era mío. Mejor estirar las piernas. Deslicé el dedo por la pantalla para acariciar un
poco de dopamina.
Había una voz. Una voz chillona que me distraía de mi distracción. Alcé
la mirada.
Era una chica, sentada con el teléfono apuntándose el rostro, en una
videollamada. El acento colombiano flotaba entre las notas metálicas del tren. Reía. Movía las
manos con una alegría desaforada. Por el tono y las pausas imaginé un niño del otro lado. Pensé
en mi sobrino. Pensé en mi hermana diciéndome que él me busca detrás de la pantalla. Pensé que
lindo es sentirnos tan cerca y pese a estar tan lejos, y se me escapó una sonrisa.
La
chica cantaba una canción infantil sin notar las miradas. No registraba el alboroto que hacía.
Se veía feliz. El aire pesado del vagón me envolvió, esa humedad cargada tenía algo de familiar.
Un eco lejano de los veranos en mi ciudad, de las tardes sofocantes en que la ropa se adhería a
la piel y el aire inmóvil se volvía parte del cuerpo. Por un momento me sentí allí, en medio de
ese quilombo revitalizador.
El metro frenó. Las puertas se abrieron y la marioneta alegre
se desplomó en un solo gesto. Cortó la llamada y con ella se extinguió su encanto. Fui testigo
del instante exacto en que su rostro se vació. Vi como intentaba esconder unas lágrimas mientras
guardaba el teléfono. La vergüenza ya volvía a alcanzarla ahora que estaba de vuelta en el
metro.
La entendí. No me animé a acercarme, a decirle que lo estaba haciendo bien, que
alguien del otro lado necesitaba verla sonreír. Que yo también sabía del nudo en la garganta, de
la soledad después de la llamada. Temí que al hablarle se rompiera del todo, o me rompiera
yo.
*Este relato constituye una ficción. Ninguno de los personajes o sucesos se
corresponden con la realidad.
En las consultas, S hablaba de cómo las personas siempre la defraudaban...
En las consultas, S hablaba de cómo las personas siempre la defraudaban. Aunque, en realidad, lo
que decía —sin decirlo— era que ella sentía que fallaba con las personas. No se trataba de
reproches directos: sus frases estaban llenas de pausas, de omisiones, de esos huecos que dejan
los pensamientos que no se animan a formularse. Había algo en la forma en que callaba que
revelaba más que sus palabras.
S creía que el amor, la amistad, la cercanía, eran asuntos
de equilibrio: yo doy, vos das, entonces todo encaja. Si no encaja, la ecuación está rota. Pero
lamentablemente y afortunadamente las personas no somos fórmulas. Lo humano está hecho de
desajustes, de ritmos dispares, de momentos en los que uno no puede —o no quiere— dar.
Lo
que dolía no era solo el silencio del otro. Era el peso acumulado de ser siempre quien insistía.
La que organizaba. La que sostenía la idea de un vínculo que, tal vez, existía más en su deseo
que en la realidad.
“Siempre soy yo”, me dijo una vez, con una mezcla de rabia y
tristeza, como si esa frase se hubiera repetido tantas veces dentro suyo que ya no sabía si era
un reclamo o una forma de definirse.
"Me cansa", dijo después, con una calma nueva,
resignada. "Me cansa intentar tanto, buscarla, proponer planes, arriesgarme a que me diga que no
puede, que está con otras cosas. Me cansa ser la única que parece luchar por esto. Y lo peor es
que no puedo dejar de hacerlo. No sé cómo."
Detrás de ese agotamiento había algo más
profundo. No era solo el temor a perder la relación: era el temor a perderse a sí misma en ese
abandono. Como si, al soltar esa insistencia, se desdibujara también una parte de su
identidad.
¿Quién sería ella si dejaba de luchar por los vínculos que siempre la hicieron
sentir poca cosa?
“Un puente no se sostiene de un solo lado”, le dije. Pero no me
escuchó, o no pudo. Tal vez porque aún necesitaba creer que el otro lado podía volver a
aparecer. O quizás, porque aceptar que ese puente ya no llevaba a ninguna parte, la obligaba a
mirarse desde un lugar que todavía no estaba dispuesta a habitar.
Le hablé de las
expectativas que depositamos en los demás. De cómo, a veces, eso que pedimos no llega, no por
maldad, sino porque el otro no tiene lo que esperamos que nos dé. Porque da distinto. O no da. Y
que eso no invalida lo que uno ofreció. Pero tampoco lo convierte en deuda.
La vi salir
de la consulta con pasos aún inseguros, como quien camina sobre restos de un puente que ya
cruje. Pero había algo sutil, un gesto mínimo en su espalda, en su modo de cerrar la puerta, que
me hizo pensar que, aunque aún no lo supiera, algo había comenzado a moverse. No estaba lista
para soltar por completo, y eso también estaba bien.
*Este relato constituye una
ficción. Ninguno de los personajes o sucesos se corresponden con la realidad.
No confío en el Doctor, me dijo Adam susurrando mientras sus ojos permanecían clavados a la puerta...
No confío en el Doctor, me dijo Adam susurrando mientras sus ojos permanecían clavados a la
puerta que aún estaba cerrada. Intenté disimular mi sorpresa haciendo como que acomodaba unas
hojas pero el temblor de mis manos delataba mi falta de experiencia. Era una de mis primeras
guardias que cubría desde que me gradué. No me gusta como me mira, como que sabe tod… Navarro,
el psiquiatra entró. Adam cambió la postura, se cruzó de brazos, y su rostro se puso serio, a la
defensiva. Navarro soltó sobre el escritorio una carpeta y tomó asiento ignorando por completo
la tensión latente. Continúe por favor, le estaba comentando a la psicóloga de su última
internación. dijo y comenzó a ojear la historia clínica de Adam. Este volvió su mirada hacia mí,
buscando complicidad en lo que acababa de confesarme. Yo intentaba descifrar qué rol me tocaba.
En el barrio escuchaba que me insultaban y yo estaba seguro que era el del pasillo, ese hijo de
su madre, siempre anda en cosas raras y veo que entra y sale gente todo el tiempo. Yo no sabía
muy bien qué hacer, No quería que un contacto visual prolongado lo incomodara como el del
psiquiatra. Lo escuchaba y tomaba apuntes de lo que me parecía relevante, fechas,
síntomas.
Hasta que lo apuñalé, remató. Y a mi se me cortó la respiración. Veía a Navarro
inmutado que ahora escribía en la computadora quién sabe qué. Y la policía me trajo acá, pero
esto fue como en 2018. Después los amigos me querían venir a buscar, y a mi me decía que tenía
que prenderlo fuego. Mientras Adam hablaba, sentía que mi fachada de profesionalidad se
desmoronaba poco a poco. ¿Quién le decía? Pensaba, pero no me animaba a hablar. ¿Qué medicación
está tomando ahora Adam? Preguntó Navarro. Adam apretó sus puños, A usted no le voy a decir
nada. No me gusta como me mira, contestó.
Se me ocurrió intervenir preguntando si a mi me
respondería y dijo que sí, que no tenía problema en hablar conmigo. Me sentí bien de pensar que
al menos yo no era su perseguidor, ¿Qué habría en Navarro para odiarlo tanto? Para mi era un
tanto engreído pero no era mal tipo. Narró su medicación, dosis, frecuencia, el psiquiatra
tecleaba en la computadora. Ya conocemos sus antecedentes Adam, proseguí, ¿quiere contarnos el
motivo que lo trajo hoy a la consulta? Los dos profesionales hicimos silencio para darle lugar a
su respuesta. De repente, su tono cambió. Lanzó una mirada feroz a Navarro antes de bajar la
vista al suelo. Me está mirando como si tuviera algo contra mí. ¿Quién se cree que es? Navarro
intentó calmar la situación bajando la mirada al teclado, pero no tuvo ningún efecto. Adam
golpeó la mesa con el puño con un estruendo que me hizo saltar del susto. Luego se levantó y
salió de la habitación furioso. Me quedé atónita. Está suspicaz, dijo el psiquiatra con tono
tranquilo, es común en la psicosis. No contenta con sus palabras, fui tras él sin saber bien que
encontraría. Lo vi sentado en la sala de espera, escondiendo su mirada del mundo que no le
ofrecía más que tormento incansable. Detrás de mí llegó Navarro y le extendió a la recepcionista
una orden de internación para Adam y volvió a la oficina. Yo me quedé ahí, en silencio,
intentando entender lo que significaba ayudar a alguien como Adam, preguntándome si alguna vez
sabríamos cuál era la respuesta correcta.
*Este relato constituye una ficción.
Ninguno de los personajes o sucesos se corresponden con la realidad.
No confío en el Doctor, me dijo Adam susurrando mientras sus ojos permanecían clavados a la puerta...
Aguanta. Se le nota en la mandíbula, en la mirada tensa, en la forma en que se ríe un segundo
después que los demás. Se muere de rabia, pero aguanta. Dice que llorar no arregla nada, que
no tiene tiempo para eso.
Le comento una noticia que leí. Una represa en China tan grande que, dicen, alteró por
milisegundos la rotación de la Tierra. El silencio no esconde la confusión, pero las palabras
siguen.
Cada día, siente como si un granito de arena se le posara en la cabeza. Adentro, afuera, no
sabe bien. Pero se acumulan. Le pesan. Hay días en los que se siente una cafetera italiana que
va a explotar. Pero entonces junta el polvo, acomoda todo, y logra que la arena siga en su
lugar. Encuentra nuevos rincones donde guardarla, aunque no sepa bien dónde cae la carga.
Se ríe cuando todos callan. Se irrita cuando todos se relajan. El vacío… le pesa. Estoy mal
configurada, me dice. A mí esto de las emociones me vino fallado. Yo no le hablo de eso. Las
palabras se vuelven disfraces, gaviotas torpes que no logran sumergirse. Trato de actuarlo, de
mostrarle lo que se siente sentir.
Una vez lo dijo en voz baja, como una confesión: que si empezaba a llorar, temía no parar
nunca. Treinta años de contención. La represa agrietada. La válvula silbando.
El miedo no es al dolor, aprendió a balancearse ahí. Tal vez el temor es a la desestabilización
de abrir las compuertas. De encontrar lo que hay detrás de la cascada. Eso que aún no puede
nombrar.
*Este relato constituye una ficción.
Ninguno de los personajes o sucesos se corresponden con la realidad.